A propósito del coronavirus expandiéndose en todo el mundo sin pausa, y la información que cualquiera de nosotros como ciudadanos del mundo tiene disponible, viene bien una pequeña reflexión sobre esa labor tan delicada y hoy tan cuestionada, que es contar a la gente lo que sucede.

Tan importante es la labor de la prensa, que en las democracias occidentales se las llama de hecho el Cuarto Poder.

En algunos países, aparte de los 3 poderes tradicionales también se considera incluso legalmente otros poderes, como el electoral o el de control o contraloría. Pero fácticamente y no declarativamente, la prensa ejerce un poder indudable en todos lados.

Una información proveniente justamente de un medio extranjero, en términos elogiosos hacia el Paraguay por sus resultados respecto a la pandemia, fue invertida por un medio local y puesta en sentido contrario, de la mano de un comentario hecho en el artículo original, sobre la corrupción en el país.

El artículo extranjero era conceptuoso positivamente en su esencia, en tanto el artículo del medio local resaltó el comentario negativo y lo puso en titular.

“En todos lados se cuecen habas”, dice el castizo refrán. Y es verdad, en todos los países esa profesión tan delicada también está sometida a escrutinio, por sus propios méritos. En los Estados Unidos casi la totalidad de la prensa estaba a favor de Hillary Clinton cuando las elecciones del 2016, haciendo campaña abiertamente y sin disimulo.

Y el hecho de que a pesar de ello su candidata haya perdido, abrió los ojos a sus dueños y les hizo ver que algo había cambiado en el mundo. Ya no son los dueños absolutos de la verdad.

En Paraguay casi todos los medios escritos tradicionales hoy están a la venta. Sus periodistas escriben presionados ante la imperiosa necesidad que tiene el medio de vender ejemplares, para salvar así sus puestos de trabajo.

Por eso el enfoque de las noticias muchas veces no encaja en el sentir de la gente, ni los titulares con la realidad. Esa presión que tienen los profesionales del micrófono les resta objetividad y credibilidad. La palabra escrita ya no es la Biblia, como lo era para nuestros padres, y en las redes cada uno tiene su opinión.

La opinión del medio escrito es una más.

Cuando otros intereses distintos a la pura y simple verdad priman en la información difundida, ni los medios ni sus periodistas pueden culpar a la gente si no les creen y no les compran periódicos. La transformación que necesitan no solamente es del papel a lo digital, sino también de los intereses y el sesgo a la objetividad.

El país necesita tanto una buena prensa, en el sentido de objetiva y crítica, como alejar las tergiversaciones o la tendencia de una prensa entendida sólo como instrumento de poder. Porque al final, la única víctima es la verdad.

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