Por Antonio Bolívar 

Si hay un rey Midas en la historia de España sin duda ese fue Felipe II, que heredó un imperio donde nunca se ponía el sol. Rey de España y de las crecientes posesiones de las Indias (o sea, del 75 % de América) y del resto de continentes conocidos. Rey de Portugal (durante más de 60 años) y de todos sus dominios en Oceanía y África, y de media Italia y de los Países Bajos, durante varios siglos. Rey de Inglaterra e Irlanda, algún tiempo. Rey de las Filipinas.

El rico monarca del siglo de Oro en España trajo el renacimiento de la arquitectura e impulsó obras impresionantes, entre ellas el Real Sitio de San Lorenzo del Escorial, considerado en este siglo XVI la Octava Maravilla del Mundo. Un complejo multifuncional con Palacio, Basílica, Monasterio, Panteón y Museo, de estilo herreriano, que es la joya de la corona.

En el siglo XVIII, otro rey nacido en Versalles, Felipe V, tuvo el empeño de consolidar en Segovia una real residencia de verano. Así, junto al palacio principal, transformó los cotos de caza en los Reales Jardines de la Granja de San Ildefonso, que duplicaron la valía del conjunto, como si estuvieran plantados de valiosos árboles de mirra. Pues la Mirra en la antigüedad tenía un precio muy superior al oro. Era usada como esencia para perfumes y como remedio contra dolencias, siendo uno de los presentes más apreciados de los Reyes Magos al propio Niño Jesús.

Junto a sequoias, tilos y castaños de indias, dicen que el jardinero Boutelou, siguiendo órdenes del propio Felipe V, hubo de buscarle este árbol mítico de la mirra, que crece en África y Arabia.

Con estatuas, edículos y decenas de fuentes se completó el maravilloso edén de la familia real española. Considerada como el mejor ejemplo de diseño de Jardines del siglo XVIII, sus riachuelos, inmensos estanques y bosquetes aromáticos pugnan en el podio con el mismo Versalles.

Y al fin, como tercera arquitectura majestuosa, retrocedemos al medievo. La santa y apostólica Iglesia catedral de Santiago de Compostela construida bajo el impulso del rey Alfonso VI, y el obispo Diego Peláez, no es un templo románico cualquiera. Es el templo europeo que contiene el sepulcro del apóstol Santiago que se erige en el Finisterre medieval, destino de una de las más grandes peregrinaciones religiosas.

Entre los elementos de la catedral sobresale el Botafumeiro, un artefacto colgado del crucero. Fabricado hace 800 años es un enorme incensario de plata, de 2 metros de altura, que quema y expande el humo de la resina sagrada del Incienso durante la celebración de la misa, que sirve para perfumar la nave central. El incienso en la antigüedad era muy apreciado, al igual que la mirra. Era la resina sagrada de muchas creencias religiosas que se usaba para camuflar el mal olor o para embalsamar.

El incienso utilizado en la liturgia católica es un humo sagrado y aromático con el que ascienden las plegarias hasta Dios, por lo que su valor es sobrenatural.

Los tres Reyes de Oriente obsequiaron al Niño Jesús con tres regalos simbólicos: Oro, mirra e incienso. Tiempo después, tres reyes de España hicieron posible tres deleites de la arquitectura: El Palacio de El Escorial (en el s. XVI), los Reales Jardines de La Granja (en el s. XVIII) y la Catedral de Santiago (en el s. XIII); tres dádivas de oro, incienso y mirra en la arquitectura española.

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