PSICOLOGÍA DE LA APARIENCIA (El rito del maquillaje)

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PSICOLOGÍA DE LA APARIENCIA (El rito del maquillaje)

ALICE BELLEZA BIENESTAR & MODA ®

Por Alicia Ortega Alejo.

Esteticista. Quiromasajista. Especialista en imagen personal. 

https://aliceesteticaintegralmoda.com

¿Se podría hablar de que la psicología del maquillaje se postula como una nueva ciencia?. Muchas son las corrientes de pensamiento, alentadas por la industria cosmética, que así lo contemplan. Desde esta columna quiero hacer un breve repaso desde el punto de vista de la antropología social y cultural en cuanto al maquillaje, entendido en términos generales, se refiere.

El mundo de la estética moverá en 2023 800.000 mil millones de dólares. Esta cifra, por si sola, es un preciso indicador de la importancia que en nuestra sociedad tiene la apariencia personal.

Desde un punto de vista antropológico, el maquillaje posee dos funciones esenciales. Por un lado, es una forma de adornar el rostro u otras partes del cuerpo para identificar al individuo como miembro de un grupo o tribu. Por consiguiente, no hay grandes diferencias entre una joven occidental que sigue la moda y colorea sus ojos según ese patrón coyuntural, y la pobladora de la selva ecuatorial que tiñe su rostro con pigmentos vegetales. Ambas están declarando, mediante esos colores, que pertenecen a una determinada sociedad. En su lenguaje corporal, resaltan que su identidad forma parte de un grupo capaz de crear modas específicas o de adornar su piel con ciertas tonalidades originales.

Por otra parte, el maquillaje sirve para resaltar la individualidad dentro de ese grupo específico. Los colores del maquillaje son un símbolo de status. Por ejemplo, cuando un indio txucahamei del Brasil se maquilla, da testimonio de su condición de guerrero: con el rostro teñido de rojo intenso y negro comunica que es hombre, que pertenece a la tribu, que está en edad de luchar y que ha sido iniciado en ciertos misterios religiosos; en suma, que ha alcanzado cierto rango social del cual es distintivo el diseño de su cara.

Algo muy semejante ocurre con las tribus urbanas en las grandes ciudades europeas. Los jóvenes que se integran en esos grupos pueden maquillarse de un modo determinado, identificándose como miembros de esa colectividad y, ante todo, manifestando su rebeldía frente al aspecto uniforme que caracteriza a sus conciudadanos, menos rebeldes y atrevidos en su atuendo.

Su maquillaje comunica, en cierto sentido, toda su filosofía de la existencia. De esas dos utilidades básicas del maquillaje –pertenencia al grupo y diferenciación individual se derivan otras funciones, que están condicionadas por las prioridades establecidas en cada sistema social. Cuando el rito tiene como fin la ruptura temporal de las convenciones sociales, el maquillaje se convierte en un estridente sistema de comunicación, alejado de todo gregarismo, como ocurre en los carnavales.

Y, finalmente, cuando la actividad social tiene por fin la dramatización de algún hecho, los individuos caracterizan sus facciones para encarnar otras personalidades. Así sucede, por ejemplo, en ciertas danzas folklóricas o en las representaciones teatrales.

El maquillaje se usa siempre para realzar ciertos gestos que es necesario enfatizar por motivos comunicativos. El guerrero papú de Nueva Guinea o el indio sioux de Norteamérica emplean, antes de enfrentarse al enemigo, pinturas que acentúan sus rasgos más temibles, haciendo de su cara un mensaje amenazador.

La modelo de alta costura delinea sus párpados para ofrecer una mirada más expresiva y deseable. El maquillaje parece haber estado presente en las relaciones humanas desde la pre historia denuncia apariencia, que será . Los primeros pigmentos aplicados en la piel seguramente tuvieron la misma utilidad que las máscaras, es decir, sirvieron para adoptar ciertas personalidades en ritos propiciatorios o iniciáticos. A ese carácter mágico fue añadiéndose un deseo de belleza que también parece ligado a la personalidad humana desde tiempos remotos. Pinturas de origen vegetal y mineral fueron empleadas para teñir determinadas zonas del rostro, resaltando la feminidad o masculinidad, el status social o el papel desempeñado en determinadas ceremonias.

Los hombres y mujeres de la civilización egipcia fueron conocidos por su refinado uso de los cosméticos, puesto en evidencia en las diversas muestras de su arte, particularmente en los retratos de los faraones que aún se conservan. Como en otras culturas, la henna se empleó para colorear las uñas, a lo que hay que añadir un preparado de antimonio que servía para dibujar el característico perfil azul visible en los párpados de los faraones. Ese deseo de delinear los párpados también fue habitual en los antiguos reinos de la India, donde las mujeres recurrieron a la alheña para teñir de rojo sus dedos, las plantas de sus pies y determinadas zonas de sus rostros.

Los avances egipcios en el campo de la cosmética tuvieron su prolongación entre los romanos. Este refinamiento de las civilizaciones antiguas contrasta con la extrema seriedad del Medievo cristiano, que limitó de forma extraordinaria los afeites para el embellecimiento artificial. No ocurría lo mismo en lugares como Japón, donde las mujeres blanqueaban sus rostros, teñían de negro sus dentaduras, depilaban completamente sus cejas y empolvaban sus nucas, en una muestra sofisticada del maquillaje usado entre la jerarquía dominante de aquel país.

Sin embargo, el uso de polvos para aclarar la piel no fue exclusivo de Oriente. La práctica de blanquearse el rostro, de moda en la Europa del siglo XVIII, tenía como propósito mostrar el nivel social de las personas, pues sólo aquellos individuos que realizaban trabajos manuales sufrían el efecto de los rayos solares, en tanto que la buena sociedad conservaba la palidez. En el París anterior a la Revolución Francesa se dio asimismo el dibujo de lunares falsos, que podían determinar ciertos mensajes según el lugar en que fueran situados.

Este tipo de prácticas, a veces extravagantes, fue atenuándose, aunque la palidez continuó siendo identificada con belleza femenina hasta comienzos del siglo XX. Fue en la década de los veinte cuando el vestuario de la mujer cambió de forma radical, y también lo hizo el maquillaje, dando lugar a prácticas como el depilado de las cejas o el uso cada vez mayor de pintalabios. Tras la Segunda Guerra Mundial, la emancipación de la mujer favoreció la progresiva aparición de maquillajes más personales y atrevidos, siguiendo, en lo sucesivo, las modas de cada momento. Además, una mayor expresividad y la paulatina desaparición de ciertos convencionalismos sociales propiciaron el desenvolvimiento de nuevos diseños, nuevas coloraciones, más acordes con el tipo femenino impuesto a partir de la década de los sesenta.