El mantra petróleo lo cubre todo en Venezuela. Nos llenamos la boca repitiendo que poseemos las mayores reservas del mundo, al tiempo que el discurso oficial ve conspiraciones imperialistas por doquier para despojarnos de ellas. Mientras seguimos embelesados por el sonido de esa palabra, la realidad evoluciona rápidamente en otra dirección.

La convergencia entre las exigencias de descarburación del Acuerdo del Cambio Climático de París del 2015 y los extraordinarios avances tecnológicos en esta materia, hacen que los expertos le asignen unas pocas décadas de supervivencia económica al petróleo. A fin de cuentas, la edad de piedra no llegó a su fin porque se acabaron las piedras, sino porque los avances tecnológicos de la edad del bronce las tornaron irrelevantes. La nueva edad de bronce energética se expresa a través de un torbellino de saltos tecnológicos exponenciales, provenientes de las más diversas direcciones.

La biomasa, hoy entrando en su segunda generación, avanza rápidamente. Tan rápido como la energía geotérmica y la de las olas. Las baterías de litio, cuyo precio ha caído en casi la mitad desde 2009, y cuya capacidad de almacenamiento ha aumentado dramáticamente, comienzan a hacer rentables a los vehículos eléctricos.

A Trump tampoco pareciera darse cuenta del tsunami tecnológico en marcha. Sin embargo, su interés no residiría en las reservas de petróleo convencional alojadas en el mundo en desarrollo, sino en la viabilidad económica de la industria estadounidense de los hidrocarburos del esquisto.

Venezuela, aferrada a su monoproducción, y una pequeña isla de 600 kilómetros cuadrados llamada Singapur, resulta pasmoso. La ciudad-Estado asiática lleva décadas diversificando su economía y escalando posiciones de liderazgo mundial en los distintos renglones económicos que ha abarcado. Pero la diferencia con Venezuela no sólo radica en el éxito extraordinario de su proceso de diversificación económica, sino en su temor permanente al rezago.

Singapur pareciera haber hecho suyas aquellas palabras de Andy Grove, según las cuales sólo el paranoico sobrevive.
Entre tanto, Venezuela no sólo nunca tomó en serio los llamados a la diversificación productiva que desde los años treinta formulaban Arturo Uslar Pietri y Alberto Adriani, sino que, rodeada de amenazas de desplazamiento económico, aún sigue hipnotizada por el petróleo. Peor todavía, aun dependiendo existencialmente de este recurso, se ha vuelto cada vez más ineficiente en su producción. En otras palabras, hace cada vez peor lo único que hace.
A no dudarlo, el mantra del petróleo está adquiriendo ya connotaciones suicidas.

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